Ser o no ser alcohólico
Seguramente podríamos decir que esa es una gran cuestión, porque cuando el alcoholismo atañe a un estatuto de ser, las cosas se complican. Soy donde no pienso y pienso donde no soy, decía Lacan desafiando el principio cartesiano. Al fin y al cabo, ser alcohólico habla de una posición tomada. Si acudir al ser es faltar al pensar, esta razón expone con cierta alicaída gracia, a qué costo se logra, a veces, anclarse a la existencia. De tal corteza es este ser que se puede sostener aún habiendo dejado de consumir alcohol hace años. Un cierto estatuto de ser viene a otorgar una plataforma para la supervivencia. Entonces ¿por qué no partir de ahí?, si ese parece ser un lugar donde encontrar al sujeto, no porque esto sea realmente así, sino porque ellos vienen avisándonos que es ahí donde pueden ser localizados, sigan tomando o no, cuando no pueden estar cardinalmente en otro lado, ellos vienen diciendo que de alguna forma están ahí. De esta manera el “soy alcohólico” llega al tratamiento como el único traje que tienen a mano para vestir la desnudez de una falta insoportable, imposible e inenarrable. La dificultad de hablar de eso solo puede ser abordada por los bordes y muy de a poco. A medida que la palabra va ganando terreno se circunscribe el espacio de esa falta y el soy alcohólico se localiza en “tomo cuando tengo que afrontar tal o cual cosa”, o “tomo cuando me levanto”, o “tomo cuando cae el día”. Entonces, bordeado el espacio del alcohol, queda delimitado el lugar de la orfandad, ese lugar donde el sujeto queda expósito frente a su dolor...